INTRODUCCIÓN
A mi esposo Gezer, que no lo
leerá
Alto, erguido, con una barba blanca. Todo un Patriarca.
Sus veinte nietos revoloteaban a su alrededor, cual abejitas
ávidas
de escuchar las historias que narraba con una gracia
singular.
Por las tardes, luego de la habitual siesta y de tomarse un
buen
jarro de aromático café, buscábamos la sombra del cedro del
patio.
Allí, sentado en su viejo y querido taburete y nosotros a su
alrededor, oíamos con mucha atención sus cuentos e historias.
¡Ah! pero cuidado, ninguno podía reírse al escuchar sus
fantasías. Porque se encolerizaba y corríamos el riesgo de que
dejara la historia para otra ocasión.
Este pequeño libro es mi modesto homenaje a ese hombre de
campo, sencillo y simpático, que llevaba a flor de piel la
alegría de vivir.


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