EL BUEY BATALLÓN

 

Allá por el chucho 10, tuve un conuco que era la
envidia de todos.
La fértil tierra me abastecía de yucas tan largas
como majá de Santamaría, las mazorcas de maíz
eran inmensas y sus granos del tamaño de una
calabaza y los frijoles colorados eran tan grandes
como zapotes.
Por aquel entonces tenía cuatro bueyes buenísimos.
Los animalitos se llamaban Ojinegro, Algarrobo,
Guayacán y Batallón., que era el líder.
Batallón era un animal pardo, muy fuerte y tenaz.
No había vereda ni camino malo. Jalaban el arado
como condenados y yo volaba por aquellos surcos.
Cuando yo gritaba ¡Batallón!, el noble animal se
estremecía y arrastraba tras de sí a los demás.
Una vez mi querido animal desapareció.  Lo busqué
por montes y sabanas, pero nada, se había
esfumado.
Pasaron varios años y en una ocasión me dirigí al
pueblo por un camino que nunca cogía.  Iba entretenido
cantando cuando casi al azar distinguí algo
blanco a lo lejos.
Me acerqué y descubrí con asombro que era el esqueleto
de Batallón recostado a un árbol. Pobre animal lo
sorprendió la muerte y allí mismitico se quedó.
Llegué a su lado muy triste y exclamé:
- ¡Pobre Batallón!
Con verdadero estupor presencié que al instante de decir
esas palabras aquellos huesos se
estremecieron y haciendo un ruido tremendo se
desparramaron por la oscura tierra. Hasta después de
muerto había reconocido mi voz.
Al fin descansaba en paz mi fiel animal.

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