EL COCAL DE CEUTA
Hace muchos años, durante un caluroso verano, salí de Palmarito junto a mis padres y hermanos rumbo a la casa del tío Toño.
A mí me encantaban esas excursiones a Ceuta, que así se llamaba el lugar donde vivía el tío. Ceuta está ubicado en el municipio de Báguanos en el Oriente del país. Los paisajes son maravillosos.
Recorríamos montes y riachuelos. La belleza del paisaje nos
encantaba.
Los olores de los árboles frutales y las flores silvestres eran
increíbles.
La casa del tío era una maravilla, por lo menos a mí me lo
parecía. Contaba con catorce dormitorios y estaba construida
sobre pilotes. Mi tío Toño conocía que sus vecinos utilizaban la madera del árbol denominado Guayacán para construir los ejes de sus carretas.
Decidió utilizar esa madera dura y perdurable para elaborar los pilotes que sostendrían su casita y en efecto así lo hizo.
La vivienda estaba construida sobre esos pilotes que eran muy largos y por supuesto muy fuertes. La casa quedaba muy elevada y como resultado entre el piso de la vivienda y la tierra donde estaban clavados los susodichos pilotes, quedaba un gran espacio que muy inteligentemente mi tío Toño utilizaba para guardar a sus cinco caballos.
Es por ello que, por las noches, debajo de la vivienda mi tío guardaba sus cinco caballos de raza: Chico, Melao, Golfo, Trueno y Lucero.
Otra de las maravillas que atesoraba la finca eran los
criaderos de puercos ¡y que puercos! tan grandes y tan altos
como los caballos.
Y los cocales. Cómo disfrutábamos del agua fresca que
tomábamos de aquellos cocos grandes y hermosos.
Una de nuestras visitas coincidió con una terrible sequía. La
situación tenia locos a los pobladores de Ceuta y por supuesto
a mi tío Toño.
El río se había convertido en un hilillo de agua enlodada.
Una tarde, luego de comernos uno de los grandes puercos,
acompañada la rica y jugosa carne de fongos hervidos, todos,
grandes y chicos, nos dirigimos hacia el cocal.
Comenzamos a tumbar cocos, a tomar su sabrosa agua y a
comer su rica masa.
Cuál no sería nuestra sorpresa, al ver que del último fruto
manaba mucha agua.
El preciado líquido corría a raudales y anegaba la oscura
tierra.
¡Oh maravilla de la naturaleza!
Del coco brotaba agua y más agua.
Inmediatamente, la familia y los vecinos comenzaron a llenar todos los recipientes que encontraron, las botijas, las palanganas, los cubos, las bañaderas y hasta los bebederos de los animales.



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