EL GORRION MIGUELITO
Todos los días cuando abría la ventana de su cuarto la muchacha saludaba al astro rey.
- ¡Buenos días amigo sol!
- ¡Buenos días Marita! ¿Cómo has amanecido hoy?
- Muy bien astro rey, le doy gracias a la vida por poder saludarte.
La muchacha cada vez que abría la ventana para saludar al buen sol, sentía el canto de un gorrión y su corazón se alegraba. Le ponía pedacitos de pan para que la pequeña avecita comiera.
Temía que el gorrioncito se fuera y no volviera a oírlo y decidió atraparlo.
Compró una jaulita preciosa color rojo y con mucha paciencia esperó que el avecilla se posara en la ventana a comerse las migas de pan.
Poco a poco fue acercándose y lo apresó.
Lo metió rápidamente en la jaulita, le puso agua y comida.
Todos los días lo saludaba, ¿Cómo estás Miguelito?, porque así lo había decidido llamar.
Miguelito no le contestaba y se veía muy triste y deprimido.
Un día volvió a preguntarle como se encontraba y el avecilla le contestó.
- Marita, muy triste, estoy solo en mi jaulita y aunque es muy bonita y tu me pones comida y agua me siento mal. No me gusta estar enjaulado, amo la libertad, poder volar entre las ramas de los árboles, que todas las personas me escuchen, pero me tienes encerrado.
Marita, pensó que si le buscaba una compañera pues Miguelito se sentiría mejor y decidió buscar una gorrioncita.
La atrapó un buen día y le puso Albita.
La metió en la jaulita junto con Miguelito y se dijo, -Ahora si van a estar los dos contentos porque se harán compañía.
Pero todos los días cuando les echaba comida y les ponía agua se daba cuenta de que estaban muy, muy tristes.
Pero yo no entiendo nada, les hecho agua, comida, debían de estar muy contentos porque ya no tienen que buscar que comer cuando tienen hambre. Qué pajaritos más extraños.
Un día Marita recibió la visita de su amigo Porfirio.
Mira Porfirio, que bonitos gorrioncitos tengo, que linda jaulita y yo le pongo todos los días agua y comidita, pero no los entiendo cada días están más y más tristes.
Marita tienes que entender a esos pequeños animalitos, a ellos no les gusta estar encerrados, ellos viven en los árboles, les encanta alegrar a las personas con sus trinos, yo creo que lo mejor que haces es soltarlos.
¡Soltarlos! Con el trabajo que me dio atraparlos, te volvistes loco.
Pasaron los días y Miguelito y Albita estaban cada vez más tristes y ya ni siquiera querían comer ni tomar agua.
Yo creo que Porfirio tiene razón.
Abrió la puerta de la bella jaulita color rojo y los pajarillos salieron volando.
Todos los días Miguelito y Albita volvían a la ventana y comían de la mano de Marita.
- Gracias Marita por soltarnos, somos muy felices.
Si, comprendí que la libertad es lo más grande que existe, les respondió la muchacha.


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