El MARCADOR
Roma, Ciudad Eterna le dió la bienvenida. Las ruinas milenarias, las increíbles esculturas eran un verdadero regalo para sus ojos ingenuos y curiosos.
Cuando llegó a la Fontana de Trevi se acercó cautelosa y poco a poco sumergió sus manitas en el agua. Vió brillar en el fondo cientos de monedas lanzadas por los visitantes que pedían un deseo: ¡Retornar algún día!
Ella también tiró una monedilla al agua y se quedó maravillada al levantar su vista y ver como las monumentales estatuas le sonreían con cariño.
Continuó su deambular por las vetustas calles y sorprendida comprendió que se encontraba en la Plaza de España. Subió poco a poco las escalinatas y con sus bellos ojos muy abiertos miró hacia todos lados y en su retina se grabaron todos los detalles del impresionante lugar.
Las palomas la rodearon y una de ellas se posó en su hombro como buscando calor. Se quedó muy quietecita para no asustarla. El avecilla emprendió vuelo y se perdió en el cielo azul.
Fascinada tropezó con la Boca de la Verdad que le guiñó un ojo cómplice. No se acercó, temía meter sus dedos en el agujero que se abría oscuro y voraz.
Retrocedió y sus pasos la llevaron hasta el Coliseo. Se sintió empequeñecida y apretó muy fuerte contra su pecho a su querido alce, buscando su protección.
La Basílica de San Pedro en la Ciudad del Vaticano hizo que se acelerara su corazoncito.
"La Piedad" de Miguel Ángel ante ella. El genio del escultor flotaba en el aire y en su fantasía creyó que el inmortal artista la tomaba de la mano y juntos recorrían todos los rincones.
El Foro Romano le descubrió sus misterios. Allí observó a las Vestales con sus túnicas flotando al viento. Aquellas mujeres sagradas le contaron sobre su vida austera y sobre el cruel castigo que pendía sobre sus cabezas si osaban profanar sus votos. Se compadeció de las muchachas tan jóvenes y bellas.
De pronto se sintió envuelta por el perfume de las flores, rojas, amarillas, rosadas, violetas, un regalo para la vista.
Músicos ambulantes hicieron vibrar la Plaza de las Flores y ella danzó hasta el cansancio.
Pasaron los Años. La niña se convirtió en una bella y espléndida adolescente.
Siempre creyó que los recuerdos que guardaba en su mente sobre aquella ciudad eran producto de un hermoso sueño de su niñez.
Un día buscaba un libro en la biblioteca de su casa y encontró un marcador viejo y empolvado.
Aquel pedazo de cartón tenía impresas varias fotografías.
Nuevamente aparecían ante ella la Fuente de Trevi, el Coliseo, la Ciudad del Vaticano. Recordó entonces aquel día en que sus queridos padres se lo regalaron.
Supo entonces que aquellos maravillosos momentos vividos no eran producto de su imaginación. Tomó en sus manos a su entrañable y viejo Rudolf, compañero de su aventura romana y en un susurro le dijo:¡Algún día regresaremos!



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