FONGO

 

 

Tenía yo un chimpancé, que traje conmigo a mi
regreso de un viaje que hice a África.
Solía dormir en lo alto del cedro, que crecía al lado de mi
casa y lo bauticé con ese nombre pues le encantaba comer
grandes cantidades de fongos maduros.
Fongo era la mayor distracción de mis diez hijos y de los
niños del vecindario.
Le daban de comer todo tipo de chucherías, pero por
supuesto prefería los plátanos fongos.
El y mi fiel perro Anastasio eran grandes amigos, a pesar
de que el inquieto Fongo no paraba de molestarlo. Le hacía
toda clase de bellaquerías.
El perro lo perseguía por todo el patio, pero el muy pícaro
se subía a una rama del árbol y a Anastasio no le quedaba
más remedio que esperar a que al maldito Fongo se le
ocurriera una nueva travesura.
Mi gallo Jacinto y las gallinas del corral eran también sus
víctimas. Tremenda algarabía se formaba cuando Fongo
se metía y asustaba a las gallinas que corrían de un lado
para otro soltando plumas y cacareando como
endemoniadas.
Una fría y húmeda noche, dormía profundamente, bien
abrigadito y pegadito a mi buena mujercita, cuando un
gran escándalo nos despertó bruscamente.
Los niños gritaban como unos condenados y yo muy
asustado les pregunté qué pasaba. Al unísono mis dos
hijos mayores gritaron - ¡Fue Fongo, nos llevó la colcha y
estamos muertos de frío!
El maldito animal, no sé cómo había entrado en la casa y
se había robado la bendita manta que tapaba a mis hijos.
Salí al patio a buscar al ladronzuelo y lo vi en lo alto del
cedro, arrebujado en la colcha azul.
- Pobre Fongo – pensé - el frío por poco lo mata y no me
había dado cuenta.
A partir de ese momento, cada vez que bajaban las temperaturas le daba una colchita vieja para que se tapara y así pude recuperar la colcha azul que tanto les gustaba a mis hijos.
Fongo por supuesto se puso muy molesto, pero finalmente aceptó la colchita vieja que yo le había dado.  Se veía muy contento arrebujado en la vieja colchita y con gestos muy graciosos me lo hizo saber.
Fongo murió cuando tenía unos cincuenta años y como
yo no podía vivir ya sin su presencia lo mande a disecar
y sigue allí en lo alto del cedro y los chiquillos de la
vecindad le ponen con frecuencia fongos maduros a los
pies del árbol.



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