LA FÁBRICA DE CHORIZOS
Hace muchos años tuve una gran cría de machos de raza
que cuidaba con mucho celo. Estaban los animalitos
gordos y eran la envidia de todos los vecinos.
Por aquella época el moro Abdul tenía cerca de Palmarito
una fábrica de chorizos de muy buena calidad.
En cierta ocasión mi compadre Cipriano me comentó que
por falta de materia prima el moro se había visto obligado
a parar su famosa fábrica.
- ¡Esta es la mía, cará! - me dije. Voy a ver al moro para
venderle mis animales.
Puse rumbo a la fábrica esa misma tarde y cerramos el
negocio. Realmente el moro me ofreció muy buen precio
por cada puerco.
Al día siguiente me dirigí al centro de elaboración con mi carreta
repleta de cerdos. Abdul contó los animalitos y le dijo a su
ayudante el moro Cabalén que me pagara.
Mientras esperaba me dirigí al interior de la instalación y
me quedé maravillado al ver el proceso de fabricación de
los famosos chorizos.
Los operarios cogieron a mis animalitos y los fueron
introduciendo uno a uno en una especie de tubo ancho y
acto seguido pusieron a funcionar la maquinaria. Cuál no
sería mi asombro cuando vi que por el otro extremo
comenzaron a caer como por arte de magia unos chorizos
de exquisito y apetitoso olor.
Al poco rato apareció Cabalén con mi dinero. Al contarlo
me encolericé. Aquel no era el precio acordado.
Corrí hacia la oficina del viejo moro Abdul tacaño y
embaucador y le exigí me pagara el precio acordado.
El moro sin prestarme casi atención me dijo, sígueme que
voy a devolverte tus malditos cerdos.
Al llegar junto a la maravillosa máquina el moro le gritó al
operario – Oye Ceraprio, devuélvele sus malditos cerdos
al amigo.
Para ni total y absoluta sorpresa, el tal Ceraprio cogió
todos los chorizos, los echó en un aditamento que tenia
aquel engendro y por el otro lado salieron mis machitos.
Los metí en mi carreta y emprendí nuevamente el camino
hacia Palmarito...



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