LA MUCHACHA QUE VIVÍA EN UN CARACOL
Era tan pequeñita, tan pequeñita que vivía en un caracol.
Se llamaba Carolina y su caracol era una belleza.
Por dentro era rosado y azul. Lo había decorado con cortinitas blancas y tenía plantas y flores diminutas sembradas en tiestos.
Como vivía a orillas del mar había puesto dentro del caracol una pecera muy pequeñita donde nadaban peces de diversos colores, azules, verdes, dorados.
Carolina amaba el mar. Tan azul, tan claro y la arena finita y blanquísima como el azúcar.
¿Cómo era Carolina?
Era delgada, su piel parecía de porcelana y su pelo eran algas de un color verde brillante que ella peinaba con un peine de carey.
Tenía una tortuguita del tamaño de un alfiler y un pulpito diminuto que todas las mañanas se le enroscaba en sus piernas y le daba los buenos días.
Pero Carolina vivía solita y muchas veces se ponía muy triste.
¿Si yo encontrara a alguien con quien conversar? Me aburro tanto.
Caminaba por la orilla de la playa buscando conchitas, caracolitos con los que confeccionaba bellos adornos, pulsos y collares.
Un día salió a pasear. El mar estaba sereno, el cielo azul turquesa y había un sol tan fuerte y brillante que tuvo que cubrirse con una diminuta sombrillita verde.
De pronto le pareció ver a alguien que venía a su encuentro.
En efecto era un muchacho tan pequeño como ella, su cabello también era de algas y le pareció bellísimo.
El chico llegó a su encuentro y la saludó amigablemente.
Hola bella muchacha ¿Cómo te llamas?
Ella muy asombrada le contestó.
Me llamo Carolina ¿Y tú?
Daniel, le respondió el apuesto muchacho ¿Vives cerca de aquí?
Si muy cerca en un bonito caracol.
Yo vengo de muy lejos y realmente estoy asombrado de encontrarme a alguien tan similar a mí.
Yo hace mucho, muchísimo tiempo que anhelaba encontrar a alguien con quien conversar porque vivo sola y me aburro mucho.
¿Vamos a bañarnos le dijo Daniel?
Se tomaron de las manos y se adentraron en el mar.
Cuando salieron Carolina invitó al joven a su bella morada. Le brindó un delicioso té de algas y unos riquísimos pastelitos de uvas caletas que ella horneaba cada mañana.
De más está decir que los dos muchachos se enamoraron y vivieron muy felices.
Y al pasar el tiempo tuvieron unos diminutos hijitos que los colmaron de felicidad.


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