LAS ESPUELAS BAILADORAS
Con la platica que obtuve con las actuaciones del boniato
cantarín, me compré por allá por Palma, unas espuelas de
plata.
En una ocasión, mi primo Torcuato me dijo que en casa del
compadre Remigio preparaban un gran guateque.
A mí me encantaban las fiestas y la música también, pero no
sabía bailar y aunque siempre me había esforzado, nunca
había logrado aprender.
Mis pies se convertían en bloques de cemento cuando
comenzaba a sonar la música.
Realmente me encantó la idea de asistir al guateque y ese día
me puse mi guayabera blanca, mi sombrero de fieltro y por
supuesto, mis espuelas de plata.
Monté en mi caballo y me fui para Bayate que es donde tenia
su casa el compadre.
Cuando llegué luego de saludar al dueño de la casa me
encaminé al patio donde se celebraba la fiesta. Ya sonaba la
música pegajosa y alegre. Cogí un taburete y me senté a
observar a los bailadores.
Al poco rato sentí como un cosquilleo en los pies, que de
inmediato comenzaron a moverse al ritmo de la música.
Sorprendido, me miré y vi que no me había quitado las
espuelas de plata. Inmediatamente me las saqué y el
movimiento cesó. Intrigado, volví a ponérmelas y nuevamente
empezaron a moverse mis pies al compás de un son.
Rápidamente invite a bailar a Manuela, una linda vecinita de
Remigio y para mi asombro y el de todos, arrancamos a
bailar el son con una gracia y maestría increíble.
Todos me preguntaban que quién me había enseñado a bailar.
Muy contento me reía para mis adentros. Aquella habilidad se
la debía a mis espuelas de plata.
Aquella noche bailé de todo: zapateo, son, guaracha. Cada vez
que comenzaba la música, las espuelas bailadoras hacían que
mis pies se movieran rítmicamente.
Así me convertí de la noche a la mañana en el mejor bailarín
de los alrededores.
Pero mi fama de bailarín culminó un buen día, durante una
fiesta que se celebró en Alto Cedro.
Mis deseos de bailar me llevaron a invitar a la novia
del hijo del dueño de la casa, que era muy celoso.
Aquello terminó en una gran bronca y yo ni me enteré cuando
mi hermano mayor me sacó casi volando y me llevó sano y
salvo para mi casa.
Desde ese día guardé mis espuelas de plata en un cofre que mi
madre tenía y más nunca las volví a utilizar.



Comentarios
Publicar un comentario