LOS ZUECOS DE LA SUECA

 

Por allá por Bayate, cerca de Palmarito, vivían
unos suecos en sus casitas.
Cómo llegaron a aquellos parajes esas mujeres y
hombres rubios y ojiazules, eso nadie lo sabía, era
todo un misterio.
A los niños de Bayate nos intrigaban las costumbres
de aquellas personas que durante sus fiestas vestían
ropas de diversos colores y distintas a los de los
campesinos del lugar y cocinaban platos de exótico olor.
En aquella comunidad también vivían niños, tan rubios y
blancos como sus padres.
A veces jugábamos con ellos en el río y sus alrededores.
Entre todos destacaba una muchacha llamada
Ingrid. Era realmente bella.
Tenía unos veinte años, el pelo rubio, largo y
sedoso.
Traía locos a todos los campesinos pues solía
bañarse en el río con un ropón blanco y sus formas
se veían a través de la transparente tela.  Todas las tardes los
lugareños la espiaban entre los matorrales, deleitándose con su
hermosura.
Los suecos usaban como calzado naturalmente
zuecos de madera. A los niños nos daba mucha risa
la forma en que caminaban por aquellas lomas, pero ninguno se cayó o por lo menos nadie nunca los vio rodar loma abajo.
Una vez la sueca fue como de costumbre al río y al
llegar a la orilla se quitó sus zapatones.
Allí los dejó olvidados a lado de una piedra.
Pasaron varios meses e Ingrid nunca más apareció
por aquellos parajes. Los campesinos se preguntaban
adónde se habría marchado, pero nadie de la
comunidad lo sabía.
Un día, como ya acostumbrábamos a hacerlo, los niños nos
fuimos a bañar al río, nos encantaba, el agua era
cristalina y algo fría.
Cuando llegamos al lugar donde Ingrid había dejado
sus zapatos todos vimos con asombro que allí crecía
un árbol que en lugar de hojas tenía muchos
zuequitos de diferentes y brillantes colores.
Ese árbol tan bonito fue durante mucho tiempo el asombro de todos los pobladores del lugar y principalmente de los niños que estaban encantados con ese calzado de madera.
Muy pronto se acostumbraron a los zuecos y corrían loma abajo como si sus pies tuvieran alas.
Ver a los chiquillos tirarse por aquellas laderas sin caerse, era todo un espectáculo.







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