RUSKI
Era
un gatico pequeñito que cabía en la palma de la mano.
Era
negro con manchas blancas y parecía de algodón.
Amanda
era una niña preciosa de pelo color miel, lacio y con unos ojos grandes y unas
pestañas larguísimas.
Un
domingo salió a pasear por el jardín de la casita que tenían sus abuelos
paternos en un pueblecito muy pintoresco a orillas del mar Cantábrico, allá en
la verde Asturias.
En
aquel precioso jardín había flores de varios colores, rosadas, moradas,
blancas, amarillas que despedían un olor suave y que siempre estaban rodeadas
de abejitas, ávidas de libar su miel.
De
pronto oyó unos maullidos y supo enseguida que era un gatico y presintió que
era pequeñito.
Comenzó
a buscarlo por cada rinconcito hasta en el huerto donde crecían zanahorias, calabacines,
todo sembrado por su abuelo.
Buscó
y buscó y no lo encontraba.
Se
le ocurrió mirar en el hueco de un árbol y allí se había refugiado el pequeño
animalito.
Lo
cogió con sus manitas y lo apretó contra si.
Sintió
su ronroneo de felicidad y supo que aquel gatico le demostraba su amor.
Entró
corriendo a la casa a enseñárselo a sus padres y abuelos.
¡Miren
lo que me encontré, miren lo que me encontré!
Al
principio sus familiares hicieron rechazo, pero al final consintieron en que la
niña se quedara con él.
-Deja
que lo vea mi prima se va a encantar, voy a ponerle Ruski.
Al
otro día fueron a la playa, cogió al animalito y lo metió en una cestica.
A
la orilla del mar había muchos caracoles, piedrecitas de diversos tamaños y
colores.
Estaba
encantada.
Todas
aquellas maravillas las fue colocando en la cesta.
Ruski
jugaba con el tesoro que Amanda había encontrado.
La
niña entró al mar y sintió que las olas acariciaban su hermoso cuerpecito,
tonificaban sus músculos.
Pero
Ruski por supuesto no entró al agua, los gatos le temen al líquido elemento.
Llegó
el día del regreso a Madrid.
Los
padres dudaron si dejaban que se lo llevara porque vivían en un cuarto piso.
Pero al fin consintieron.
Amanda
lo metió en su cestica y emprendieron el viaje de regreso.
Cuando
llegaron a Ascao lo acomodó en la cestica y en el balcón puso un cajón con
arena para que hiciera sus necesidades.
La
mamá al principio protestó porque diariamente tenía que limpiar la cajita, pero
accedió.
Ella
quería que su profesora y sus amiguitos de la escuela conocieran al gatico y lo
llevó.
Los
amiguitos se volvieron locos y a la maestra también le encantó, pero le dijo
que no lo llevara más porque en la escuela no permitían animales en las aulas.
Por
las tardes, luego de hacer sus tareas la niña lo llevaba al parque que quedaba al frente
de su casa. El gato se tiraba por las canales, jugaba con los amiguitos
de los diversos países que tenía la niña.
¿Y
saben una cosa?, el gatico era tan, tan inteligente que se sabía las tablas de
multiplicar, de sumar, de restar, sabía leer y también dominaba el conocimiento
del medio y con la ayuda del gatico y su esfuerzo personal, Amandita comenzó a
sacar cada día mejores notas.
La
niña participaba en clases de dibujo y decidió hacer un cuadro del gato. Le
quedó lindísimo y lo colgó en su cuarto rosado. Todos los amigos que llegaban
se maravillaban.
Lo
había pintado tal cual era, negro con manchas blancas, con sus ojitos verdes y
expresivos, y sus bigoticos finitos.
La
niña viajó a Cuba junto con sus padres. Es una isla allá en el Caribe, verde
como un caimán, allí ella había nacido.
No
quiso dejar al miau en Madrid y se lo llevó en la cestica a Cuba.
Cuando
su abuelita que los esperaba feliz los vió, se dió cuenta de que también venía el
pequeño gatico.
Como
disfrutaron Amanda, sus padres y su abuelita aquel feliz verano y por supuesto
Ruski que enseguida se hizo amigo de la perra de su mamá.
Pasaron
los días y llegó el momento del regreso.
Ruski
volvió a su cestica.
Allá
en el Caribe quedó la abuelita y la niña antes de marcharse le dijo:
Querida
abuelita no te pongas triste nuestros corazones se quedan contigo. Te esperamos
en Madrid, mis padres, Ruski y yo.



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