TITINA
Era pequeñita y negra como un trocito de carbón. La
encontré abandonada y hambrienta una tarde por allá por
el platanal del tío Toribio.
Me miró con sus ojillos negritos y vivaces y mi corazón se
inundó de una gran ternura.
La acurruqué entre mis brazos y me encaminé a mi casa
con mi nueva mascota.
Mis padres me regañaron, pero poco a poco se fueron
encariñando con aquella perrita juguetona y simpática.
Pasó el tiempo y mi mascotica, a la que bauticé con el
nombre de Titina, creció solo un poquito más. A los tres
años era un minúsculo animalillo que alegraba con sus
ladridos nuestro hogar.
Yo solía caminar todas las tardes por los alrededores de
nuestra finquita y Titina me seguía muy alegre y
moviendo sin parar su rabito.
Un día me dirigí seguido de la perrita hacia el río que
corría al fondo del conuco de nuestro vecino Anacleto.
Caminé y caminé y tan entretenido estaba que me olvidé
que mi pequeña mascota me seguía los pasos.
Comencé a buscarla por todos lados, pero había
desaparecido.
Pasaron tres meses y ya daba por perdida a la perrilla,
cuando un buen día cerca del río oí unos ladridos. Miré,
busqué y de pronto ví un gran roble que crecía cerca del
lugar. Al acercarme al árbol y me percaté que, pegado a la
tierra el tronco tenía un hueco.
Cuando metí la mano en aquel agujero sentí unos
lengüetazos en mis dedos y unos cariñosos gruñidos.
¡Era Titina! y no estaba sola, seis cachorritos minúsculos
manaban de sus tetas. Fui sacándolos uno a uno, eran tan
negritos como su madre. Al halar al último mi mano
tropezó con algo duro. Con mucho cuidado saqué aquel
objeto y cual no sería mi sorpresa al ver que era una botija
vieja y polvorienta. Al abrirla me caí de espalda. ¡Estaba
llenita de monedas de oro.
Con aquel dinero mi padre arregló la finquita, compró una
yunta de bueyes y muchas cosas más.
Titina vivió ciento cinco años y parió sesenta hijos y desde
la aparición de la botija la llamamos Suerte.



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