UN CUENTO POR ENCARGO
Es probable que mi memoria me juegue una mala pasada y que no logre plasmar muchos detalles de aquellos inolvidables años de mi niñez. Quizás no colme las expectativas de mi querida hija, pero que sepa que lo he escrito con mucho amor.
Recuerdo con mucha nostalgia la casa de mis abuelos paternos sita en la calle Santa Catalina en Marianao.
Era amplia, soleada y muy ventilada. La luz entraba a raudales y el techo de tejas españolas la hacía muy fresca.
Tenía un portal con una barandilla de hierro fundido que lo bordeaba.
En la sala señoreaban unos muebles de madera color crema. En ocasiones me escondía detrás de uno de los butacones y a través de la rejilla entonaba unas estrofas de una canción de moda: "el cuartico está igualito..." A continuación venía una saleta, donde mis abuelitos se sentaban en cómodos sillones a reposar el almuerzo.
Se sucedían los dormitorios, cuatro en total, el comedor, el baño y la cocina con su fogón de carbón donde mis abuelos elaboraban verdaderas delicias tanto de la cocina criolla como de la árabe.
El carbón venía en sacos y pasaban unos carretones tirados por un caballo vendiéndolos a domicilio.
Todas las puertas y ventanas menos las de la sala, se abrían a un patio lateral. Allí en unos largos canteros una tía mía había plantado margaritas, rosas, jazmines, galán de noche, manzanilla, tilo, albahaca, orégano, menta, hierbabuena, cilantro.
Aún me parece disfrutar del perfume que envolvía la casa por las noches cuando el galán esparcía su exquisito aroma por todos los rincones.
Un primo era el terror de aquellos canteros, cuando llegaba de visita las rosas, las margaritas y todas las flores volaban por los aires, mi tía lloraba impotente al ver su trabajo de jardinería destruido en cuestión de segundos.
En aquel patio se celebraron varios cumpleaños míos, era un momento de encuentro de familiares que a veces no se veían con frecuencia.
El traspatio de tierra atesoraba varios árboles, el ciruelo es el que más recuerdo porque mis primos, mis hermanos y yo jugábamos encaramados en sus ramas luego de que lo derribara un ciclón.
Por el fondo la panadería "El Roble", famosa en aquellos tiempos y ubicada en la Calzada Real. Allí en ocasiones se horneó el lechón de Nochebuena. A veces se asaba en púa en el mismo traspatio.
Mi refugio era un pequeño cuartico de madera ubicado al final de la vivienda. Dibujaba, jugaba a las muñecas, tenía una muy linda regalo de cumpleaños, una "Roberta", ese era el nombre comercial de aquel tipo de muñecas. Estaba vestida con un bonito trajecito y su cabeza se adornaba con un sombrerito.
Allí vivían mis amigas imaginarias Glichi y Cata. Yo las adoraba, conversaba con ellas, les contaba mis secretos y dejaba volar mi imaginación.
Aprendí las primeras letras en una escuelita privada que quedaba en la Calzada Real, la entrada era por el zaguán de la vivienda y recuerdo cuando llegaba que un olor indefinible colmaba mi olfato, sus dueñas eran dos solteronas de apellido Bupié, ellas impartían las clases y además como eran catequistas nos prepararon para la Primera Comunión. Mi madre tenía una prima a la que quería mucho, que cosía que era un primor y ella me confeccionó para tan especial ocasión un precioso vestido de muselina blanca con la blusa colmada de alforcitas muy finas y adornada con botoncitos de nácar.
Mi pupitre lindísimo, mi papá me lo hizo, era una silla con paleta con el asiento y el respaldar tapizados, todo el mueble era de un color verde tierno.
Un día el dueño de la casa decidió venderla. Mi abuelito no tenía el dinero suficiente para adquirirla y tuvimos que abandonarla.
Mis abuelos y mis tías se mudaron cerca de allí en la misma calle para una vivienda más pequeña sin patio con canteros ni traspatio de tierra.
Mis padres, mis hermanos y yo vivíamos en un pequeño apartamento ubicado al fondo.
Allí en la sala se instaló la quincalla "Angelita" y en la saleta el pequeño taller de costura.
Me parece ver las vitrinas y los anaqueles que exhibían gran diversidad de artículos: carreteles de hilo, cintas de diverso grueso y color, agujas de coser y de tejer, ganchitos para el pelo, polvo para la cara, brillantina, pañuelos de cabeza, pasta para limpiar zapatos, líquido para quitarle el polvo a los muebles, entre otras cosas. No faltaban por supuesto las prendas que se elaboraban en el taller: batas de casa, pijamas, ropones, todos confeccionados de algodón o de crepé corrugado. Tenían estampados muy bellos o eran de color entero.
Cuando mi abuelito recibía las piezas de tela dejaba a mi abuela escoger varios cortes y con ellos me confeccionaban vestidos preciosos adornados con encaje o tira bordada. Cuanta añoranza siento al evocar esos años tan felices.
Esta es la historia de la casa de la calle Santa Catalina.
La calle Santa Catalina en la actualidad es la avenida 59 y la Calzada Real la avenida 51.



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