YONITA




Abue, me preguntó una vez mi nietecita. ¿Cómo vino Yonita para esta casa?
Pues verás, una vez tu mamá y yo fuimos a Santiago de las Vegas, donde viven tus tíos abuelos Narciso y Pedro y allí le encontramos en la calle.
Tu madre se enamoró enseguida de ella, tan pequeñita, negrita y estaba llorando de hambre.
- Mami me la voy a llevar para Marianao, me dijo mi hija.
Cuando nos fuimos, Frisi cogió al pequeñito animalito y con él montamos en la guagua de regreso a casa.
Yonita se adaptó muy bien a su nueva morada. Recuerdo que teníamos en el garaje un montón de arena y ella se subía en los más alto y se deslizaba como si fuera una canal.
Jugaba con pelotas que le tirábamos y le encantaba tomar leche, bueno, como a los niños y a los animales pequeños.
Yonita fue creciendo y siempre fue muy paseadora. Cuando podía se escapaba y la buscábamos por todo el barrio.
¡Yonita, Yonita! Pero la perra no nos hacía caso, o mejor dicho os hacía el caso del perro.
¿Y cuál es el caso del perro abuela? Me preguntaba mi nieta.
El caso del perro es el que no hace caso.
Fue creciendo y se convirtió en una perra lindísima, negra con el pelo brilloso.
Una vez se nos escapó, nos cansamos de buscarla por todos los rincones, pero nada, no aparecía.
Se perdió, decía Frisi, se perdió, más nunca la vamos a volver a encontrar.
No te desesperes hija, tu verás que ella aparece, sabes que le gusta pasear y hacer nuevos amigos.
Pasó el tiempo y apareció la perra, pero le vimos su barriguita muy grande.
Parece que Yonita está preñada, le dijimos a nuestra hija.
Efectivamente la perrita esperaba sus hijitos.
Llegó el día del parto y tuvo ocho perritos de todos los colores.
Amandita, que así se llama mi nieta, se volvió loca de contenta con aquellos animalitos de todos los colores.
Ella quería que se quedaran en casa, pero era imposible.
¡Como íbamos a darles de comer! Cuando comenzábamos con uno, el otro comenzaba a llorar, en fin, fuimos entregándoselos a buenas personas que sabíamos que los iban a cuidar muy bien.
Un día trajimos a la casa a un gatico, Ruski le puso mi nietecita.
Ruski era un gato lindísimo, amarillo y blanco, era cariñoso y obediente.
Yonita y Ruski eran muy buenos amigos y a veces nos parecía que hablaban entre ellos.
Bueno, debe a ver sido fantasías nuestras, porque los gatos y los perros no tienen el mismo lenguaje.
Un día Ruski se enamoró y se fue de la casa y decidimos traer a otro gatico, éste era negro y blanco y también se hizo muy amigo de la perrita.
Mi nieta estaba encantada con el nuevo gatico, al que también bautizó con el nombre de Ruski.
La perrita aprendió a cantar, todo el mundo se asombraba de lo bien que lo hacía, inclusive nos decían: ¡Por qué no la llevan al circo! Sería una gran atracción.
Nosotros nunca lo decidimos, la verdad es que nos gustaba que cantara para la familia.
Recuerdo una canción que ella entonaba muy bien:
Yo soy una perrita santiaguera
Santiaguera, Santiaguera
De Santiago de las Vegas
Me gusta pasear por mi barrio marianense
En mi casa hay una niñita, una niñita
Se llama Amandita
Nos divertíamos muchísimo con ella.
Ya Yonita es una perra adulta, pero sigue escapándose de vez en cuando y ya no canta.
No sabemos el porqué, pero no la hemos oído entonar más esa bella canción.
Cuando mi nietecita se fue para España con sus padres, la perrita quedó muy triste, en compañía de otro perrito que se llamaba Campión y por su puesto del gatico.
Campión se fue a Santiago de Cuba con unos amigos y no volvió nunca más.
Amandita vino de visita a Cuba y la perrita cuando la vió, daba unos saltos enormes de lo contenta que estaba.
El día que mi nieta y sus padres regresaron a España, la perra se quedó desconsolada, pero yo le dije:
No te preocupes, que el año que viene nos volveremos a ver.

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